DIARIO DE SUEÑOS (CAPÍTULO 2)

Bienhallado de nuevo, Opuesto. Deja que empiece a  contarte lo que bulle por las noches en mi cabeza, lo que se desgrana tras el telón de mi realidad nocturna.

Vuelvo a soñar. Es curioso. Sueño que observo a mi yo niño soñando. Paradójico, o quizás sólo demasiado enrevesado. Me veo tumbado en la cama de mi habitación, aquella que tuve de pequeño en la antigua casa de mis padres, junto al poster de dinosaurios que tanto me gustaba. En realidad sólo me intuyo, porque como siempre, he realizado el consuetudinario ritual de niñez por el que elevo cada noche la sábana a la categoría de muralla infranqueable para lo que aceche fuera, y mi cuerpo y la colcha forman una crisálida apenas esbozada en el haz de la cama.

El bulto que formo (formaba)  rebulle inquieto mientras murmulla. De golpe recuerdo, y recuerdos y sueños, hijos de la misma madre trastornada, se amalgaman hasta que se hacen tan grandes que no puedo abarcarlos y salen de mí como mariposas de  alas oscuras, y ahora sólo soy yo, el yo-niño y el yo-hombre que a la vez sueña y recuerda.

                                                                                            

Me despierto. Estoy tumbado de lado en mi cama, de espaldas a la pared, y el corazón late desbocado en mi pecho, no sé si por el hecho de haberme escapado de un sueño o por haberme topado de bruces con la fría vigilia.

Es de noche, o al menos está oscuro en mi habitación, e intento serenarme mientras siento el suave roce de la sábana que me envuelve como un sudario y aspiro el familiar olor a suavizante que constituye mi atmósfera.

En ese instante se hace presente en mi conciencia la causa que me ha despertado sobresaltado, un fogonazo de certidumbre que explosiona detrás de mis retinas tras haberse gestado mucho más adentro, sin haberme abandonado nunca del todo. Es algo que siento en los pelos de mi nuca erizados en dirección a la puerta, en los nervios que se me encogen desde la pelvis a la cabeza, en mis ojos constreñidos mirando sin ver la pared, en el dedo helado que roza mi alma.

Una presencia inefable está avanzando hacia mí. No sé cómo, pero lo sé con la certeza más absoluta. Ha abandonado su cubil en la materia oscura del universo o en la sima abisal de un océano y ha entrado en mi cuarto, y me quiere a mí, lo sé, a mí sólo. Siento todo su ávido interés, todos sus sentidos primigenios  volcados hacia mí.

Me encojo en la cama, los tendones y  los músculos crispados hasta que duelen. Un miedo atávico me asfixia porque sé, porque siento que si atisbo a eso, aunque sólo sea por un segundo, me volveré loco. Eso no quiere devorarme, no quiere masticar mi carne, no. Si sólo fuera eso, gustoso me entregaría a esa letanía de sangre por ahorrarme este sufrimiento. No. Esa cosa que no tiene cuerpo quiere deglutir mi realidad, llevarse mi razón y mi alma. Lo sé con la misma certeza con que sé que está ahí, por la razón de la sinrazón, porque no oigo nada y a la vez, en el silencio absoluto que parece envolver mi mortaja con el engaño de la ausencia, oigo sus pasos. Sordos, apagados, sólo retumban en el interior de mi conciencia al compás de mi corazón. Incluso percibo un susurro apenas audible, un intento de fonación de esa nada oscura sin materia ni garganta.

De golpe entiendo que esto es un sueño, que en realidad no he despertado, que sigo dormido. Pero aunque mi mente entiende que sueño, mi cuerpo me grita que no, que está sufriendo, que el dolor de mis músculos es real, que el miedo con su cara blanca es real, que la locura más absoluta está haciendo presa de mí y sólo espera que la contemple para acabar su labor. Y sigue avanzando. Sólo necesita que levante una esquinita de la sábana y una pulgada de mis párpados, un pequeño resquicio le bastará…

…por que la locura entra por los ojos del alma.

Intento gritar, claro, gritar con todas mis fuerzas, porque sé que si consigo gritar me despertaré, y esa es la única manera de que lo que viene a por mí desaparezca, vuelva a su dimensión, o al interior de mis sueños, aguardándome.

Pero no puedo. Apenas yo mismo me oigo gemir, pero no consigo gritar. Pero es que tampoco puedo moverme, ni siquiera alzar mis manos para proteger mis ojos de la herejía de su visión. Estoy mudo e indefenso.

Fuerzo mi garganta hasta que arde, pero simplemente no puedo hacerlo.

Sólo queda hacer una cosa. Si un grito no puede despertarme, que sea el dolor.

No puedo levantar mis brazos, pero si clavar las uñas en las palmas de las manos.

No puedo utilizar mi boca, pero si morderme la lengua.

El dolor incendia mi conciencia…

…y por fin despierto.

Me despierto. Todo ha sido un mal sueño que me ha dejado agotado. Cansancio extremo por la batalla entre dominios.

 Estoy en mi cama, en la misma posición en que me desperté antes, con la cara de espaldas a la pared. En realidad es la misma posición en que me quedé dormido.

Porque la criatura sigue ahí.

 Y vuelve a acercarse.

 

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About Mario Peloche Hernández

Mario Peloche Hernández nació en Cádiz en 1975, aunque ha pasado toda su vida en Extremadura. Es biólogo y actualmente ocupa una plaza de bombero forestal. “Hécate”, publicada en 2013, es su primera novela. Fue seleccionada como finalista en la V Edición de los premios “La Isla de las Letras 2014” dentro de la categoría de Fantasía y Ciencia Ficción. Además ha publicado varios relatos en distintas publicaciones: "Apnea", en la antología "Golpe a la violencia de género“; El beso” en la revista   literaria Norbania; “El moderno Eros” en la revista Ánima Barda, y “El bosque”, seleccionado en la V edición del concurso de relatos Amanecer Pulp para formar parte de la publicación digital del mismo nombre. Pendiente de publicar el relato largo “Ojos negros”, con Tau Editores, y su segunda novela, “El molino de Dios”.

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